


Vio los últimos sonidos y se durmió.
Y qué si no lo pensamos tanto. Vivir sin culparnos por las consecuencias. Que cada uno es todo porque sin uno no hay nada. Cierro mis sentidos y el mundo no existe. Si los abro el mundo es mío, mis ojos le dan forma a tus formas, mis oídos sonoridad a tus palabras, mis manos te tocan y yo te siento, somos todo y nada más existe. Aunque dure horas, días o semanas, aquí o allá, este instante es el mundo.
Noche infinita se mezcla al amanecer. Caminando la semana me dejo caer. Nadar en el asfalto, dejarse llevar sin tempo ni lugar. No hay deseo de llegar. Sólo seguir, qué más da. Viendo el mundo desde afuera, todos pueden todos hacen. El camino sube, la cabeza adelante y el cuerpo detrás, quisiera trocar. La maldita luna ya se esconde, satélite nulo sin propia luz.
Me dormí sobre esta hoja, una siesta interminable. Tanto sueño revuelto, la frente de una chiquilina colorida que una vez vi en el subte al pasar. Payasos serios pensando en las ciencias, títeres de dos cabezas apuntando sus pequeñas armas al sereno de la plaza. Barriletes colgando de una ventana, blancos y negros. Cenizas cayendo al mar, soles de anochecer. Cartas sin firmar y la voz chillona de una lombriz cantora. Pequeños barcos de papel viajando sobre las vías del tren. Todo sonaba lógico, pero desperté.