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27.8.08

Críos

28.7.08

Subcomandante Verde

El Subcomandante Verde escapó una mañana de domingo. Irónicamente, el día de mayor vagancia de la semana, el pobre tipo despertó temprano. Cargó la mochila en su espalda ricotera, la resaca al hombro y la compañera a la mano.
Viaja él imagino descargado, posando en quién sabe qué lugares su cuerpo, quién sabe si tan obeso como solía mostrarse por el oeste en su Honda no pocas veces machacada.
Al parecer, el Subcomandante, abnegado defensor de la Vagancia Internacional, está en la búsqueda de la paz deseada por todo aquel que ose denominarse Vago. Fiel a sus convicciones partió rumbo al norte, según coordenadas de la Liga de Desocupados Voluntarios, escondida entre las sierras y la ciudad, el Subcomandante Verde estaría en la selva boliviana, tratando de buscar adeptos a la Vagancia y uniendo lazos con el presidente Evo Morales, intentando llevar el slogan de su fe: “No al trabajo ni a las duchas innecesarias”. En algún párrafo del Manifiesto Vagancial cuyo título Línea para Llegar a Rata (Lin.Lle.Ra) sus argumentos suenan muy convincentes, sobre todo para aquellos que somos propensos a la pereza: “El trabajar más de lo estrictamente necesario para sobrevivir lleva la mente y el cuerpo a un nivel de exigencia para el que no estamos preparados, sólo la fiesta y el reposo nos salvan de la miseria del trabajo”.
Desde el Esfotado saludamos la férrea campaña del Subcomandante Verde, le deseamos lo mejor para él y quienes lo acompañen en esta aventura, en este ideal, en esta lucha por la no banalización de nuestro tiempo y esfuerzo. Lo seguimos desde aquí, hoy y siempre y oramos por su salud y bienestar.

26.5.08

Odisea

Saliendo de la arboleda apareció allí una enorme represa, abierta y calma. Al otro lado escondida tras pequeñas sierras, la ciudad. Las puntas de los edificios salían y captaban algún que otro rayo escapado de un nubarrón oscuro que cubría, llegando prolijamente a sus bordes, la urbe de por si sucia de una capa espesa de aire, viciado por las combustiones.
Subimos al velero, dejando detrás un paisaje de domingo en el parque. Familiar y alegre, distendido, amable. Los muchachos empujaron la barcaza para desencallar y zarpamos.
Gotitas, chiquitas, empezaron a caer. La tranquilidad sin embargo y el buen humor de unas largas vacaciones no tenían ni la intención de fugarse.
Miraba el paisaje infernal que poco a poco desaparecía entre la nube cada vez más cercana. El agua, hasta entonces casi inmóvil, mecía el velero aportando a la diversión y aventura de la situación.
Las velas se inflaron y seguí las órdenes del circunstancial pero amabilísimo capitán. Sacá, corré, bajá, creo que jamás cumplí órdenes con tal alegría. Me movía y equilibraba flotando en el barquito. Reconocí fácilmente los titubeos del agua que formaba ya olas pequeñas pero inquietantes. La charla era amena, entre la realidad política latinoamericana y el vertiginoso aumento del tránsito en las grandes ciudades.
Las gotas crecían y las piedras no tardaron en llegar. Empapado me deslizaba de lado a lado evitando un velazo en la cabeza o resbalar por algún charco de la cubierta.
A medio kilómetro un islote, con algunos árboles y pájaros refugiados, que desapareció rápidamente en la nube de la que ya éramos parte.
El viento creció y las olas fuera de escala hacían del velero un tentempié. El agua tapó de a poco mis sentidos. El capitán tomaba el timón con fuerza y relataba los pasos a seguir con voz de mando. Fui a la proa sosteniendo cuerdas y bajando la segunda vela con movimientos indecisos y temblorosos, temiendo caer. Con el objetivo cumplido el barco retomó el equilibrio y emprendimos rumbo al muelle que divisamos entre la humareda del vapor.
El granizo cesó, la tormenta quedó atrás. Salté a la plataforma y atraje el bote con energía. El capitán lo ató y caminamos en busca de refugio. Un techo de lona nos cubrió de la ahora llovizna que caía a la entrada de la ciudad.
Recuperé de a poco el equilibrio en tierra firme, aliviando mi cuerpo, despojado de esfuerzo alguno. Salimos de la marina, brindamos con cerveija fresca y subimos al ómnibus que nos llevaría de vuelta a la selva.

19.2.07

Ruy

Buscando la tranquilidad. Esperando por algo mejor. Pantalones holgados, camisa blanca, y sombrero de paja. De día es electricista, de noche cuida un camping. Me regaló un mapa con todas las rutas de Brasil.
(Torres, Río grande do Sul, Brasil)

6.9.06

Por el camino

Parecía fácil, hacía calor y como siempre salí cuando el sol estaba ahí arriba, pegando fiero. Con algo de resaca y las marcas del piso en la cara encaré hacia el pueblito. Los pibes dijeron que me acompañaban, iban abriendo camino por donde ya no había. El más grande llevaba un machete y lo manejaba como cualquier niñito mueve un lápiz o, en esta era, un mouse. Me guiaron hasta el agua, "ahora tiene que cruzar el río dos o tres veces y caminar". Caminaba mirando la inmensidad de las sierras, las montañas de fondo, colores todos se presentaban sin nombre.

Cruzar el río la primera vez fue fácil, las piedras bajaban y golpeaban mis pies sin tregua, pero aún era bajo. Cuando llegué al segundo cruce la cosa se ponía difícil. Un grupo de gente estaba ya del otro lado, gritando algo que no entendía. Me saqué las ojotas nuevamente y ahí comprendí lo que decían "dejate las ojoooootas". Los miraba y no podía no hacer lo que me decían. Así que así fue. Crucé con las ojotas puestas. Una de ellas se perdió en el primer paso, tal vez alguien la vio pasar río abajo, tal vez está aún allí, bajo algún pesado canto. El grupo parecía apurado, así que no esperó a que cruzara. De modo que ni ganas tenía de ver gente, ya demasiado me habían irritado.

Saqué mi sánguche, comí desaforadamente, un cigarrito y al camino nuevamente, si es que había uno.

La quinta vez que crucé el río deseaba que mis pies se hagan de plomo, que las malditas piedras no me tocaran. Pensaba en el mago Jesús y en cómo mierda podría haber caminado sobre el agua. Pasé y ya los golpes eran masajes, mis pies planos pisaban como si fueran parte de la tierra, creo que el agua ya helada era bastante anestésica.

Había encontrado una senda, subía y subía. Pues he de seguir la senda, ya estoy acá, voy a subir. Desde arriba vi el pueblito pero estaba del otro lado, había que bajar y volver a subir.

Caminé casi dejándome caer, y al llegar encontré a ese tipo que cantaba en el bar, era lugareño, pero como tocaba esa noche salía para el pueblo. Claro, en dos horitas él haría lo que a mí me costó cinco. Me dio tranquilidad, como alivio. “Te va a encantar el pueblito”, me dijo el cantor. Una vez vino a Buenos Aires, me hubiera gustado preguntarle si le gustó la ciudad.

Subí, ya eran como escaleras. Bien arriba, colgado de la montaña, el pueblito era un camino con casitas a ambos lados.

Esa noche fui a la casa del cantor, estaba el hermano. Tocaba la quena. Éramos tres. Otro sacó una guitarra. Hubo música, mates, vino y otras yerbas para calmar el alma. La luna enorme sobre los techos del pueblito, las estrellas eran millones, como si cada una supiera su lugar formaban una hermosa coreografía lumínica.

Dormí. Dormí mucho y bien. Extraño esa dormilona cuando en las noches urbanas los colectivos me sacuden la cama y los pensamientos vuelan de aquí para allá dejando sus podridas huellas.

A la mañana desayuné y salí para el pueblo. Esta vez el ánimo era diferente. Decían que había otro camino, subí y bajé para no cruzar el río. No lo encontré. Mis riesgosas trepadas fueron en vano, dos veces subí sierritas para bajar del mismo lado del río. No vi a nadie en todo el camino, si es que había uno. Llegué y me tomé un bondi al siguiente pueblo.

Aún hoy me sigo preguntando si habrá algún camino.

19.8.06

Sincerebros III


R1: Si no acá, viste, en la puerta del banco... y si una cagada teníamos hambre... llegamos en 30´ prepará las pizzas.
R2: Decile que quiero una con palmitos, porque la útlima vez me sacaron los palmitos, que no se hagan los boludos...
R3: Uhh, me hace ruido el estómago, el próximo que me mire lo pongo... mierda se me cae el pantalón.

29.3.06

30 años

Hace más de 30 años empezó un plan sistemático de desaparición de personas. 30 mil seres humanos fueron asesinados.
Cuando era más chico me preguntaba por qué habían desaparecido, por qué esos 30 mil y no otros. Sabía que estaban en contra de una dictadura o algo así. Fui creciendo y dándome cuenta que no sólo estaban en contra de la demagogia y el totalitarismo de un gobierno de facto, sino que también luchaban por un país más justo y solidario, con igualdad social, oportunidades, educación, salud y trabajo para todos y no sólo para unos pocos.

Esos 30 mil, y muchos otros se organizaban, movilizaban e ideaban la forma de cambiar lo que creían venía detrás de una junta militar y las políticas económicas que intentaban llevar adelante desde años antes.
Ellos creían en algo mejor para todos, y por eso los torturaron, asesinaron, exiliaron.
Cada año iba entendiendo un poco más acerca de esta gente y del por qué de la persecución a estos sectores. Iba entendiendo un poco más qué era lo que trataban de imponer los militares y por qué hacía falta acabar con todo tipo de disidencia, con todo aquel que pensara distinto y que actuara en pos de sus ideales.

Pero eso no me lo contaron, no lo leí en libros ni lo vi en videos. Eso lo veo, lo siento y lo percibo cada día que salgo a la calle.
La desocupación, la pobreza, la indigencia. Todos los días piso la calle y no me hace falta más que eso para terminar de entender.
En cada estación y vagón de subte, los pibes que piden, en cada esquina, los pibes que piden, en cada calle del centro los pibes que piden, en cada lugar del país que visito los pibes que piden, en cada cuadra que camino familias enteras urguen en la basura buscando cartón, en cada hamburguesería filas de gente esperando las sobras de lo que otros comieron. En cada empleo que sale en los clasificados, largas colas con caras amargadas. En cada movilización miles pidiendo pan y trabajo. Entendí entonces que ellos tenían razón, que lo que venía era terrible, para ellos, sus hijos y el país entero.

Los 30 mil sufrieron por lo que pensaban, los mataron, y como a muchos otros los torturaron, violaron y humillaron una y otra vez. 500 bebés fueron robados de las panzas de sus madres, los apartaron de sus familias y los regalaron o vendieron al mejor postor.
Juicio y castigo a quienes cometieron tan terribles atrocidades contra la dignidad humana, juicio y castigo a quienes llevaron adelante un plan de exterminio, de robo de identidad, de robo de cultura y de putrefacción de las organizaciones de lucha. Juicio y castigo a sus cómplices en todas las esferas, empresariales, clericales, educativas, médicas, prensa, sindicales burócratas y estúpidos en general.

Juicio y castigo a quienes en nombre de la democracia continuan la persecución y represión para seguir imponiendo medidas económicas en contra del bienestar de la mayoría de la sociedad. Porque matar a 30 mil y torturar a miles más no les bastó y siguieron. Por robar bebés (qué más decir). Porque parte de los culpables fueron enjuiciados, castigados y dejados libres por la caridad de ratas como ellos.
Porque perdimos una generación, y eso lo sufrimos todos. Porque el país tiene niveles de desocupación, pobreza e indigencia que viven batiendo récords.

Sigamos saliendo, no nos dejemos intimidar, sigamos luchando, sin que nadie nos imponga consignas, sin que nadie nos diga cómo hacerlo, sigamos organizándonos, sigamos movilizándonos, sigamos exigiendo justicia, por el pasado, el presente y el futuro.